miércoles, 21 de octubre de 2009

Filosofía plúvea

Hoy el día amaneció gris transparente: color de lluvia.

El gris está subestimado. Es el color de todos los matices, el de las perlas y el azogue, el del reflejo de las estrellas en la plata. Las tardes grises, sean de domingo o de lunes, nos recuerdan que debemos tomarnos la vida con calma.

Por eso, la llovizna es mi lluvia preferida. Sus gotas caen tranquilas, como si desparramarse contra el suelo después de quinientos metros de caida libre no fuera una cosa que las preocupara demasiado. Simplemente se dejan caer, en un viaje vertical, tras el cual todas se encontrarán en el Reino de los Charcos. Éste, sin embargo, no está custodiado por ningún San Pedro ceñudo, solo por toldos inclinados y cazadoras impermeables.

Otras lluvias son menos flemáticas. Los gordos lagrimones de los aguaceros y los perdigones rabiosos de las tormentas, por ejemplo. Éstos no se han resignado a la caída, y se oponen a ella con pena o con furia. Así lo único que consiguen es perderse el trayecto mágico a traves de nubes, corrientes, canalones y alféizares.

Yo quiero ser calabobos para mojar a los más listos. Descender por las ventanas de una biblioteca mientras una mirada distraida me atraviesa, inclinarme con los vientos pero retozar en el follaje, alimentar un bebedero de gorriones, filtrarme hasta manantiales subterráneos.


Y, si hay suerte, encontrarme con alguna mejilla por la que rodar.


Un consejo: no uses paragüas. Atrapa la lluvia.

Carpe pluvium.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Lentes y briznas

Sólo hay una cosa mejor que estrenar zapatos: estrenar gafas. Sales de la óptica abrumado mareado y extático. Un nuevo mundo se abre ante tus ojos. Las cosas vuelven a tener perfiles. La realidad deja de ser gaseosa. Puedo ver las hojas de los árboles y sus pequeños salientes, las briznas de hierba en su maravillosa individualidad, las grietas de las baldosas, la negrura caligráfica de las letras de imprenta.

Puedo tocar las texturas con los ojos y lamer los colores con la mirada.

Me he reconciliado con los fotones.

"Mientras marjory mira los estantes de arroz, yo la miro. Una de sus pestañas es más larga que las otras y de un marrón más oscuro. Sus ojos tienen más de un color, como motas en el iris, que los hacen más interesantes.

La mayoría de los ojos tienen más de un color, pero normalmente están relacionados. Los ojos azules pueden tener dos tonos de azul, o azul y gris, o azul y verde, o incluso una mota o dos de marrón. La mayoría de la gente no lo advierte. Cuando solicité por primera vez mi carnet de identidad el impreso me preguntaba por el color de ojos. Intenté escribir todos los colores de mis ojos, pero el espacio no era suficiente. Me dijeron que pusiera "marrones". Puse "marrones", pero ése no es el único color que hay en mis ojos. Es sólo el color que ve la gente porque no mira de verdad a los ojos de los demás.

Me gusta el color de los ojos de marjory porque son sus ojos y porque me gustan todos los colores que hay en ellos. Me gustan también todos los colores de su pelo. Ella probablemente escribe "castaño" en los impresos que preguntan por el color de su pelo, pero su pelo tiene muchos colores diferentes, más que sus ojos. A la luz del supermercado parece más oscuro que fuera, sin ninún reflejo anaranjado, pero sé que están ahí."

Lou Arrendale, autista ("La velocidad de la oscuridad")

jueves, 3 de septiembre de 2009

Volver.




Todo llega.
Todo pasa.
Todo vuelve.

Todo cambia.
Todo muere.
Nada vuelve.

Qué Heráclito tendrá razón?


Vuelve Septiembre.


viernes, 21 de agosto de 2009

Cabeza de zebra

Regresé a mi patria no tan chica, patria de tierra verde y negro mar. Como siempre me saludó con sus palabras arcanas, que recuerdan el rugido del océano embistiendo contra los acantilados.

Me iba comiendo kilómetros y cabeza a partes iguales, con una cucharadita de cal y otra de arena (que nunca supe, ni quiero saber, cuál es la mala y cuál la buena). Pero duró poco, pues estoy venciendo a pesar de la lejanía y la proximidad, a pesar del olvido y la memoria, a pesar del silencio y de su voz, a pesar de él y de los otros y de nadie. A pesar de todo eso, yo.

Como decía, una vez escapé de su presencia y su ausencia, llegamos. Aparece la ciudad bajo nuestros pies (ruedas) como un anfiteatro de riscos. Y de noche, ya en el palco de la ría, nos rodean luminarias de aquelarre urbano. La ciudad de las cuestas.

Unas cuantas de ellas subimos y bajamos hasta llegar a nuestro destino. Un templo dentro del teatro. Allí Kaos. Bacanal. Euforia. Negro y blanco, rayado, parpadeante y epiléptico. Supongo que lo que allí viví se podría definir como místico: dejar de ser y simplemente hacer.

Larga vida a las zebras.

Y allí estaba yo, a orillas de mi agua preferida, a orillas de mi gente preferida, a orillas de mi vida preferida. A orillas. Pero las olas lamen mis pies, y soy feliz.

Y no llovió.

Escampa en el Cantábrico.

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Y tú, gemelo… quieres ser siamés o es que me estoy volviendo loco?

Quiero terminar el crucigrama, pero no se donde colocar tu maldito ventrículo izquierdo.

Sea como sea… no me sueltes de la mano, amigo


miércoles, 5 de agosto de 2009

Espuma de afeitar

Goterones. Ruedan por la mampara. Que los separa en sus dos hojas. Dentro y fuera. Caen paralelos e inaccesibles a ambos lados, hasta su tumba de cerámica o algodón.

Mampara de piel: gotas de sangre, gotas de agua.

Encuentro. Del talón con la baldosa, de la baldosa con la gota, de la gota con la gota, de la gota y el talón. Que rompe filas de guerreros y tiene el ánimo de un león.

Tres latidos, del calor al frío. Vaho, pudoroso, cubre las vergüenzas al espejo. La mano lo desempaña cumpliendo la diaria violación. Tres fricciones, del opaco al transparente.

Atención, el deseo aparece en escena.

Deseo se mira. Deseo se desea.

Desea mechones de fuego mojado. Fuego negro de la primera noche. Estrellas rojas en las manos. Anchas, fuertes, rudas. Rudas estrellas de cinco puntas y una voluntad. Caen las estrellas como jengibre por el ombligo. Se toca, sonríe, se huele. Su aroma resiste las duchas y los geles y permanece atávico en su piel, enredado en su vello, perdido en lúbricos huecos. Almizcle, semen, lágrimas rancias. Sudor poplíteo y bicipital, sudor de clavículas y perinés. Glándulas de instinto.

Instinto que se derrama por el muslo hasta los pies, desnudos sobre el adoquín. Lava candente. Acero silbando. Vapor de sangre, de carne y de piel. Sublimación somática. Plasma sexual.

Espuma de afeitar.

Espuma en las manos, rellenando la línea de la vida, culminando los nudillos, enterrando las uñas, cabalgando entre los dedos y buceando sobre las palmas.

Solemne, se lleva las manos a la cara.

Huele a hombre. Huele a hombre tan profundamente que es difícilmente soportable. Huele a gemidos y huele a besos en la frente. Y a taquilla, camisetas, vaqueros. Huele a reflex y a cloro y a vinilo y a césped. A queso, a chandals azul turquesa, a baños de parís, a nombres canarios. Huele a cerveza, a canchas prohibidas, a sal y tentación.

Huele a Hombre.

Coge la cuchilla y se dispone a rasurar el olor. Se corta debajo del mentón. Fluye un río de hierro rojo por el cuello. Se escurre por la prominencia del pecado y llega hasta el manubrio del puñal.

Rojo y blanco, bodas de sangre.

Deseo mira su reflejo. Deseo desea su reflejo. Su Reflejo le abraza por la espalda y le planta un beso en el cuello.

Tacto de lengua, sabor de piel.

Sangre y espuma de afeitar en los labios.