lunes, 4 de marzo de 2013

Hoces como labios


Me gustaría ser combustible,
inflamable mobiliario urbano,
y que tú fueras, a ser posible,
borroka incendiario y armado.

Contenedor, coche, cajero,
ardiendo en tus rusos fluidos,
haciendo la primavera en enero,
prohibiendo el tedio y el frío.

Quisiera ser tu palestino al cuello
y que me atravesaran tu voz y tu ira
y resonar temblando en blanco y negro
al penetrarme tu mensaje de amor suicida.

Tu viejo pasamontañas
empapado en sudor, sangre y saliva;
ese que todas las mañanas
te reviste el rostro de rebeldía.

Ojalá fuera las botas
que calzases implacable
al pisar la corona
y la cabeza del culpable.

Las que ahora avanzan por el asfalto
de esta nauseabunda ciudad
sin dar un paso en falso
y tampoco uno hacia atrás.

Quiero ser la piel del muro
en el que tatúas una estrella roja
y protegerla con ladrillo mudo
y aplastar al que borrarla osa.

Una estrella, como tu fuerte mano,
de cinco puntas y sangre heroica,
que nos guíe en el cielo nublado
para conducirnos hasta la victoria.

Quiero que tu grito sea mi grito,
sea el grito del pueblo airado,
aunque sea ilegal y esté maldito
será el grito de un enamorado.

Quiero que me cantes al dormir
al oído las internacionales
y que me abraces para protegerme
del capitalismo y sus males.

Sentir en tu pantalón
algo que late y que muerde
y no saber si traes un molotov
o es que te alegras de verme.

Sueño con mi puño junto al tuyo,
dos puños de revolución empalmados,
golpeando aire, carne, escudo;
follándonos las calles a puñados.

Acariciar tu barba y tus nudillos
y que me comas hasta los huesos,
instaurando en mi cuerpo rendido
la república socialista de tus besos.



martes, 25 de diciembre de 2012

Turrón caducado

La noche le sorprendió con un cerrojo.
Al otro lado, una voz familiar decía:
-¿Eres Joseph? Perdona hijo, estaba esperando a otra gente. Pasa.
Cuando entró en el pasillo vio que esa no era su puta casa. Ni aquella mujer se parecía en nada a su madre.
Pero debía reconocer que él tampoco era Joseph. Así que actuó con naturalidad.
-Hola mamá, ¿está preparada ya la cena?

martes, 8 de mayo de 2012

Gol en el campo, paz en la tierra


Si contemplas un estadio de fútbol podrás ver una inmensa alfombra de cesped verde, tan verde como las plantaciones de cáñamo norteafricanas, los cultivos de opio iraníes o los campos de coca colombianos. Estos diversos verdores reciben cuidados similares, producen efectos análogos y proporcionan, en cualquier caso, pingües beneficios a negocios de distintos tipos y no tan diferente calaña.

Es un tópico, pero es verdad. El deporte rey se ha convertido en el opio de un pueblo adormilado y acrítico; en el circo que, junto a un pan cada vez más escaso, nos cierra la boca y nos distrae la atención, apartándola de otros asuntos menos amables. Los jóvenes están más dispuestos a salir a la calle para festejar la victoria de "su" equipo que para defender sus derechos. El hashtag más original y reivindicativo sucumbe enseguida ante cualquier bazofia futbolística a los pocos minutos de empezar el partido.

Al igual que defiendo el consumo de otras drogas, también considero muy lícito y oportuno que el que disfrute de la droga deportiva (que no es mi caso) se narcotice a gusto. Todos necesitamos de vez en cuando un tiempo de evasión de la frecuentemente hedionda realidad. Pero el dejarse cegar de manera tan absoluta va más allá de todo consumo responsable para transformarse en un engaño perenne. Un engaño programado desde altas esferas y casi impuesto a través de los medios de comunicación, ya que es literalmente imposible escapar al continuo spam futbolístico. Los "deportes" ocupan la mitad del espacio de los telediarios y sus títulares muchas veces se anteponen a los de hambrunas, guerras y recortes; los eventos deportivos desplazan sin pudor cualesquiera otra programación de la televisión pública; la mayoría de los hombres conocen más apellidos de futbolistas que de poetas y el diario más vendido en este delirante país es el Marca. Con eso se ha dicho todo.

Mientras tanto, la mafia del balón se enriquece y endeuda a partes iguales. Los jugadores estrella cobran sueldos de magnitud repugnante por practicar una actividad que nunca debió salir del ámbito del ocio personal. Por su parte, los presidentes de los grandes clubes juegan a aprendiz de político intentando trapichear tanto como sus maestros. Y no lo hacen nada mal, pues la industria del fútbol español debe a Hacienda 700 millones de euros. Pero claro, eso es intocable, no como la sanidad o la educación.

Aun así hay gente que defiende este deporte como "vertebrador social" y lo más triste de todo es que tienen razón. Porque a mi me produce vergüenza y pena infinitas el pertenecer a una sociedad que hace de un deporte su eje central, en lugar de articularse en torno al respeto, la solidaridad, la cultura, la justicia. Me da asco la exaltación de nacionalismos -grandes o chicos- que se propaga y ondea en campeonatos, mundiales y demás eventos pseudobélicos. Me indigna que la masa entronice y rinda culto a personajes que se dedican a pegar patadas.

Creo que es el momento de despertar, de apagar los televisores y vaciar los estadios; de aborrecer esta nueva religión y quemar a sus falsos ídolos y fundir sus venerados cálices para hacer algo productivo con el metal del que fueron forjados. De darnos cuenta de que ellos son parte del problema y no de la solución. De gritar en la calle y en las plazas: "¡Cristiano, cabrón, trabaja de peón!", "¡Mourinho, recuerda, tenemos una cuerda!".


viernes, 17 de febrero de 2012

Lipograma con intruso.

Quiero repetir tu rito, te trepo tu etéreo uréter. Yo, toro roto; tú, potro pétreo. Te reto: yo río porque te perpetré, peque. Y pequé, pero tuerto y reo repito. Pito. Y que te peten.

domingo, 12 de febrero de 2012

3,14159265...

Cuenta conmigo
las formas de la luna
las noches en vela
los besos sin forma.

Cuento contigo
las rayas del tigre
los días efímeros
el instante de un rayo.

Contemos juntos
los afluentes del Nilo,
la nieve en el Gobi,
las fusas de Brandeburgo,
todos los versículos,
los pelos de un osezno,
las cien miradas de Argos,
y cada cifra
de la irracional relación.