
sábado, 17 de julio de 2010
Pez luna.

viernes, 2 de julio de 2010
Mis constantes.
En el desorden de mi habitación voy encontrando, desperdigados, trocitos de memorias, reflejos de instantes, cachos de sentimiento, recuerdos de este año. Los voy apilando en cajas de cartón del lupa que luego envalo con cinta aislante. Es hora de hacer inventario:
Dos cuatrimestres, siete asignaturas, sesenta y ocho créditos, seis autoevaluaciones presenciales, quinientas horas de moodle.
Diez fiestas en teleco, una champanada desastrosa, cincuenta horas en el lokal, cien litros de kalimotxo. Cincuenta y dos picos, ventisiete negras tormentas, doce jarras de merinos, trescientos mil saltos, un par de hogueras, seiscientos olvidos, seis mil recuerdos, veintitres debates metafísicos, diez mil carcajadas, un millón de momentos.

Cinco constantes. Todo ello se resume en cinco constantes.
Cinco cifras que se repiten en cada esquina de mi sangre, grafiteadas en todos los recodos de este año. Cinco parámetros con bata, o sin pantalones, o con paragüas. Cinco adjetivos cardinales. Cinco números con boca bebiendo de la misma litrona, compartiendo saliva y entrañas.
Este año hemos consquistado la noche y el día, pese a bolsas asesinas, policías de paisano, mercadonas laberínticos, chubascos impertinentes, sádicos profesores y champanadas malditas. Vencimos al tedio, a la lluvia, a la razón y a la sobriedad. Cometimos locuras, benditas locuras de sabor ácido, como el limón más amarillo del mundo. Nos bebimos los plenilunios a mandíbula batiente. Absorbimos el sol e inventamos una nueva forma de fotosíntesis. Orinamos en un nuevo edén, fabricado por y para nosotros.
Por todo ello ahora somos constantes, constantes universales. Galopamos sobre la silla de montar que es el espacio-tiempo, como bandoleros escondidos en un bosque de estrellas y lunas. El universo es nuestro, lo hemos conquistado a golpe de labio, de lengua y de pupila.
Duele julio como duele la cera, me hiere separaros de mis membranas. Me lastima el tiempo, menguante como una luna maldita y mentirosa. Pero el tiempo no es más que la más efímera de las variables y nada puede hacer para modificarnos a nosotros, constantes escritas en piedra. Y nos volveremos a encontrar, una y otra vez, en una espiral de novatosis y sanjuanes.
Gracias por este año, gracias por ordenarme a base de desorden, gracias por decir siempre sí, gracias por estar ahí, incansables, constantes.
No cambieis nunca, porque si varían las constantes fundamentales, la vida no será posible en mi universo.
domingo, 20 de junio de 2010
Las persistencias de la muerte

José se levantó de la cama agitado por el insomnio de su mente y de su vejiga. Dejó a su mujer dormida en la habitación y se encaminó hacia el baño del piso superior. No necesitaba luz, pues llevaba muchos años viviendo en aquella casa, pero las paredes parecían emitir un suave brillo gris, como si rebosaran luz lunar por haber absorbido demiasada durante demasiadas noches.
Subió el último escalón y abrió la puerta del cuartucho, frío y azul como todos los baños. Mientras orinaba se le pasó por la cabeza cierto poema del Borges. Y su pensamiento lo nombró así, con artículo, como si de una bestia mitológica se tratara.
Salió del baño y se disponía a bajar de nuevo la escala, cuando le pareció oir un ruido procedente de su despacho. Él lo llamaba su biblioteca, porque allí no despachaba nada, ni oficiaba nada; solo leía y escribía, lo cual era un tipo de transacción que no requería burocracia alguna.
Como decíamos, oyó un ruido procedente de su biblioteca, así que avanzo por el pasillo hasta encontrar la puerta adecuada guiado por el olor a papel y a madera. Entró y encendió la luz y se volvió a sorprender de que todos los libros permanecieran ahí, perfectamente colocados. Siempre abría la puerta con la secreta esperanza de pillarlos en una travesura: que Marx se hubiera pues a discutir con Bakunin, que Bukowski decidiera darse un garveo por la sección erótica, que Pessoa y Rosalía de Castro hubieran juntado los lomos y desperdigado sus versos uno dentro del otro; o incluso que los anónimos se hubieran inventado un Autor y se reunieran para adorarlo una vez a la semana (le habían contado que había un Libro que hizo eso, pero no lo tenía en su haber). Sin embargo, siempre estaban muy quietecitos y se limitaban a susurrar verbos en portugués, que es el idioma más apropiado para los susurros.
Pero aquella vez había una diferencia. La ventana situada detrás del escritorio estaba abierta y por ella entraba un olor a noche de verano, a vegetal de arena, a fuego y a mar. En la mesa yacían cien años de soledad. Se sentó en su butaca. La había comprado hace unos años en un centro comercial al uso, pero le gustaba atribuirle antigüas historias de linajes y de herencias. Todo el mundo tiene derecho al pasado, hasta las butacas del ikea.
Abrió los cien años y de sus paginas cayó un sobre de color malva. A la atención de José Saramago, se podía leer, en letra cursiva y sin remite. Sonrió, con una sonrisa tranquila y sincera, en absoluto solemne. No abrió la carta, pues ya conocía su contenido. Le pareció prodigioso el sentido del humor de su mente, en caso de estar soñando; o de dios, en caso de estar despierto. En cualquier caso decidió que para amenizar el insomnio hasta dormirse o hasta despertar, empezaría a releer la obra de García Márquez. Así lo hizo, pese a saber que jamás pasaría de la página ochenta y siete.
Treinta días después fue ayer. Y el que escribe estas líneas vivió su jornada ajeno a la muerte de un genio. No se percató de que mientras estudiaba en el ordenador, la foto de josé desaparecía de las contraportadas de los libros de la estantería. No se enteró de que su conciencia se apagaba poco a poco en una isla lejana. No se dió cuenta de que la humanidad perdía a uno de sus miembros y a uno de sus mundos; ese grandioso nuevo mundo que descubrimos a bordo de una balsa de piedra.
Adios saramago.
Sit tibi terra levis.
viernes, 18 de junio de 2010
Lo que trae la marea
miércoles, 16 de junio de 2010
Dinámica de fluidos y ciclo sueño/vigilia
A veces en la ducha parece que el agua va al revés, trepando por las piernas y saltando desde los hombros. Creo que ocurre porque el acto de ducharse es algo terriblemente simétrico y estático. Piénsalo: se repite sin apenas varianza todos los días; las dioptrias, desamparadas de lentes, solo te permiten distinguir una amalgama de blancos; el agua no es más que una sensación de corriente que discurre de una tubería a otra.
Si abro la boca en la ducha siento como el agua de la tuberia de plomo entra en la tubería de mis vísceras, venas y nefronas. Y que vuelve a salir convertida en chorro arqueado de orina para encontrarse de nuevo con el plomo. Es un símbolo de nuestro discurrir, de cómo el tiempo nos pasa ajeno durante el día y se nos introduce en las entrañas durante el sueño. Por el día somos agua que camina por tuberias de alquitrán y asfalto. Por la noche somos alcohol que se derrama en tubos de cristal de cubata y de axón de neurona.
Nuestra vida es un laberinto de tuberías.
Y yo, quiero ser fontanero.


